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Informacióndelapelícula | Críticadelapelícula

Conducta impropia

 

(...) Como cine, no puede decirse que Conducta impropia sea un documental medianamente innovador. Su estructura conformada por un sinnúmero de testimonios y anécdotas llega a convertirse en algo cansino por redundante, no obstante la presencia de disertantes como Heberto Padilla y Reinaldo Arenas, que sabían expresar con envidiable desenfado los matices de la tragedia que les tocó vivir, a diferencia de entrevistados como Guillermo Cabrera Infante o Armando Valladares, quienes en su afán por descalificar todo lo que huela a "castrismo", casi terminan por causar ellos mismos un efecto contrario al que persigue el filme.
No obstante, el propio Néstor Almendros alcanzaría a argumentar la estrategia de trabajo asumida del siguiente modo: "El método seguido al filmar nuestros testimonios fue este: consideramos que la cámara cinematográfica, acoplada con grabación de sonido directo, es en cierto modo, un detector de verdades y mentiras. Esto, claro, a condición de que el lente capte la expresión de los rostros de una manera sencilla y total. Quiero decir de frente, no de perfil, no de tres cuartos. A condición de que la iluminación y los ángulos sean naturales y sin efectos. Si los ojos son el espejo del alma, el espectador tiene que ver bien los ojos de los entrevistados para conocer su verdad, casi como si se hubiese establecido un diálogo con el público. Durante la filmación emplazábamos a nuestros entrevistados ante fondos que, al mismo tiempo que documentaban sobre su nueva situación geográfica y social después del exilio, mantuviesen cierta neutralidad para no introducir un elemento de distracción, para que no se perturbase lo principal dentro del encuadre que era el rostro. Tratamos de que estos fondos o escenarios fuesen agradables (le pedimos a menudo a los entrevistados que sugiriesen un lugar de su predilección). Se creaba así una atmósfera tranquila propicia a la confidencia. A veces el paisaje estaba en total contradicción con el dramatismo de algunas narraciones. Pensamos que este choque dialéctico más bien enriquecería cada secuencia. El montaje fue presidido también por la ley de la sencillez: se respetó casi siempre la cronología. La única libertad que nos tomamos fue el abreviar las entrevistas o los documentos de archivos".
Como denuncia de un hecho puntual que no podía menos que escandalizar a quienes pensaron en el proceso revolucionario como un sitio emancipatorio integral (no solo de servidumbres económicas o políticas), Conducta impropia se muestra revelador. Sin embargo, al interesarse apenas en acumular todo tipo de dicterio contra la Revolución, pierde la oportunidad de profundizar en un fenómeno (la homofobia) que no fue inventado por esta, y que después de suprimidas la UMAP, adquiriría nuevas connotaciones o variantes.
No hay que culpar a los que aportan los testimonios dentro del filme de la escasa profundidad que obtiene este al final. Como se sabe, una sumatoria de opiniones honestas no necesariamente alcanza a conformar un pensamiento coherente y perdurable. Si el propósito de Conducta impropia fue concederle un espacio de enunciación a seres que han sido sistemáticamente marginados del área pública por razones políticas y/o sexuales, puede admitirse la ganancia. Sin embargo, esa ganancia no deja de ser circunstancial, cuando el talento de Almendros y Jiménez Leal hubiese podido propiciar algo menos maniqueo, y por ende, más perdurable.
No se trata solo de que aquel que ve el filme corre el riesgo de entender que el fenómeno de la UMAP todavía persiste en Cuba, cuando en realidad estas fueron suprimidas por el propio gobierno (para ser honestos, Carlos Franqui menciona de pasada dentro del filme la fecha de su eliminación), sino que con su obsesión antifidelista, la película reduce el problema de la homofobia al período revolucionario, así como al espacio físico de la isla. Esa es la razón por la cual en su réplica Alea destaca como "una gran parte de la comunidad cubana de Miami, que no tiene nada que ver con la Cuba revolucionaria, rechazó el filme de Almendros porque sintieron que éste sugería que la gran mayoría de los exiliados cubanos eran homosexuales. Sintieron cuestionada su hombría".
La relación de los homosexuales con la nación, en efecto, aparece salpicada de contratiempos desde el mismo inicio de construcción de esta última. Sobre todo la literatura ha podido dar cuenta del vínculo tan complejo que se ha establecido a lo largo de más de un siglo entre el sujeto homosexual y la idea de un proyecto nacional que apenas toma en cuenta los posibles aportes de quienes no participan de esa identidad machista, dueña de una hipotética superioridad moral y física. Novelas pre-revolucionarias como El ángel de Sodoma, de Hernández Catá, La vida manda de Ofelia Rodríguez, u Hombres sin mujeres de Carlos Montenegro, hablan del impacto trágico que para los homosexuales ha significado siempre el reconocimiento de su condición.
Al pasar por alto la existencia de antecedentes y matices, el filme de Almendros y Jiménez Leal también pierde la oportunidad de revelar las sofisticadas variantes asumidas por la homofobia post-UMAP, así como los modos en que la propia cultura ha estado imponiendo sus discursos de resistencia a la misma, y que ha permitido que en la actualidad no sólo exista un filme como Fresa y chocolate, sino también una literatura donde ya la homosexualidad no figura como una "enfermedad" o una condición sexual que merece un castigo (léase el exilio) o la compasión de víctima, sino que se asume como parte natural de la diversidad existencial.
Es cierto que Conducta impropia tolera otro tipo de lectura: la que ha de hacerse pensando en ella como parte de un conjunto de filmes realizados en la diáspora cubana. Desde esa perspectiva, ha de admitirse que la película significó (junto a Guaguasí/ 1978, de Jorge Ulla; El super/ 1979, de León Ichaso, y Amigos/ 1986, de Iván Acosta) una de las pocas ocasiones en que ese "otro cine cubano" consiguió llamar la atención internacional. En sentido general, el cine cubano de la diáspora ha carecido de todo tipo de apoyo en su difusión por razones no solamente estéticas (es real que no abundan los buenos filmes en esta producción), sino también políticas. En tal sentido, Conducta impropia es una rareza que aún sigue concitando los más impensados debates, y eso, no obstante la pobreza expresiva de la cinta, es indudablemente un mérito.
De cualquier forma, tengo la impresión de que fue el propio Titón el que primero y mejor entendió la necesidad de matizar su postura, al realizar a posteriori una película como Fresa y chocolate (1993), de la cual llegaría a comentar que, (...) no es un diálogo preconcebido, pero quizás hay algo de eso. Cuando estaba preparando la película supe de la muerte de Néstor, lo cual me afectó mucho; yo estaba en una situación bastante dramática porque me habían diagnosticado un cáncer de pulmón con un pronóstico bastante serio. Entonces, tratándose la película del tema de un homosexual en Cuba pues inevitablemente tenía que asociarla con lo que había hecho Néstor; de modo que sí, de alguna manera Fresa y chocolate es una respuesta a Conducta impropia.
Creo que lo mejor de Conducta impropia se reserva para sus últimos cinco o cuatro minutos, a propósito del testimonio final que brinda el dramaturgo René Ariza, condenado en su momento a ocho años de prisión por supuesto "diversionismo ideológico" o "conducta impropia". Pasando tal vez por encima del estéril rencor, Ariza alcanza a meditar sobre la naturaleza de la intolerancia presente en la psicología del cubano de todos los tiempos, en un juego cruel donde perseguidos y perseguidores, víctimas y verdugos, llegan a permutar los roles sin que quede claro quién humilla más. La expresión del rostro de Ariza, captado en un implacable primer plano, no puede ser menos elocuente que ese parlamento donde asegura: "Lo más enjundioso de la cosa, no está exactamente en qué sucede, sino en por qué sucede".
Pienso que de haberse propuesto profundizar en esa interrogante ("¿por qué sucede?"), hoy Conducta impropia fuera mucho más que un simple reportaje sobre injusticias puntuales. Además de eso (objetivo importante, pero con un alcance local) sería una mirada siempre renovable al lado oscuro de los ímpetus mesiánicos. Y no solo ayudaría a entender el por qué de los excesos de la Cuba revolucionaria contra todos aquellos que pensaban o se comportaban "diferente", sino también el por qué de los excesos que se originaron antes de 1959, y seguramente se seguirán cometiendo en largo tiempo, casi siempre en nombre de un no sé qué que nos hace creer que somos mejores que otros que se comportan o piensan distinto.
El tal sentido, no alcanzo a comprender el por qué de la omisión de los testimonios y agudísimas reflexiones brindadas por el novelista Severo Sarduy dentro del filme, las cuales se pueden consultar, en cambio, en el libro publicado a posteriori con el mismo título. Para Sarduy, "El estallido de la revolución instauró una imagen moralizante y seminal del macho; el héroe reproductor, el fecundador místico, blandiendo un código de prohibiciones y de permisividades –muy pocas- que era, apenas transpuesto, el del cristianismo más rancio".
Por ello todavía hoy resulta tan inquietante en su vigencia la pregunta angustiosa que el propio Sarduy se encarga de lanzarnos al rostro en son de perenne desafío: "¿Qué trabajo profundo y lento es necesario para que una cultura deje de repetirse, de volver a su represión, a lo largo de las reacciones y las revoluciones? ¿Qué debemos hacer cuando esa cultura es una superposición de estratos, una acumulación de herencias turbias: el trabado y nudoso enmadejado de la cubanidad?"


Juan Antonio García Borrero, Diez películas que estremecieron a Cuba

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