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Nuestra música
Carlos F. Heredero, Dirigido por, diciembre 2004
Dice nuestro compañero Ángel Quintana, parafraseando a Alain Bergala, que no hay nadie como Godard, "porque nadie lleva treinta y cinco años, desde 1959, situando su obra en el epicentro de todos los debates sobre el destino de las imágenes y sobre sus múltiples mutaciones expresivas", y añade que "el pensamiento de Godard es uno de los pilares básicos para comprender la cultura contemporánea". ¿De dónde nacen, en qué pueden basarse este tipo de consideraciones...? Pues, sin ir más lejos, y por ofrecer aquí tan sólo la respuesta más accesible de todas, en las imágenes de "Nuestra música", que ofrecen -hasta el momento- el último destello de ese lúcido discurso que el creador de Al final de la escapada viene prolongando, con extraordinaria coherencia personal y desde hace ya mucho tiempo, película a película, ensayo a ensayo.
Porque no debemos olvidar que aquí estamos ante un ensayo, como lo eran ya "Nouvelle Vague", "Alemania Nueve Cero", "For Ever Mozart", "Elogio del amor" o las imprescindibles "Histoire(s) du Cinéma". No se trata, pues, de narrativa, y mucho menos de una ficción convencional. Estamos en el territorio del cine entendido como vehículo de pensamiento y reflexión. Un ensayo que viene a plantear, en este caso, nuevos interrogantes que afectan tanto al estatuto y al lenguaje del cine como al sentido de la Historia, ligados estrechamente el uno a la otra, tal y como muestran las imágenes que Godard sintetiza y relaciona dentro del prólogo que abre la puerta a este nuevo film.
Ese prólogo lleva el título de "Infierno", y al adentrarnos en él, siguiendo el camino alumbrado por las "Histoire(s)", nos sumergimos en un torbellino de guerra y barbarie, de pueblos destruidos y campos devastados, de holocaustos y exilios, de genocidios y tragedias. Es la vertiente más dolorosa del siglo XX, organizada por Godard en estrecha y promiscua convivencia con el imaginario fílmico que surge en paralelo y que registra, por activa o por pasiva, la huella ficcional de la Historia real. Es un fragmento de cine extraordinario, prolongación coherente de "El origen del siglo XXI" (2000) -un cortometraje de conocimiento obligado para seguir la trayectoria reciente de su autor- y oficia, al mismo tiempo, como rampa de lanzamiento para pasar de inmediato al "Purgatorio", segundo capítulo y núcleo centrla de la película, por cuyos paisajes veremos pasear al propio cineasta acompañado por algunos amigos.
Godard aparece entonces en el escenario de Sarajevo. Entre las ruinas de esta ciudad, emblemática encrucijada de culturas, allí donde se siente que "todos los lugares tienen una relación con la Historia", el director se encuentra con el escritor español Juan Goytisolo y con el intelectual palestino Mahmud Darwich, habla con un personaje de ficción (la joven periodista interpretada por Sarah Adler), imparte una conferencia sobre la relación entre la imagen y la Historia (un momento didáctico con enorme poder de resonancia sobre el conjunto de la propuesta) y, carente de respuestas definitivas, multiplica los interrogantes. Junto con el resto de las figuras convocadas ante su cámara, Godard se pregunta en voz alta sobre las rupturas históricas, sobre la necesidad de la poesía, sobre el sentido de las guerras, sobre lo que significa "ser judío", sobre el lugar que ocupan los excluidos y sobre la necesidad de reconocimiento del "otro" para entender quién es uno mismo y de dónde viene a lo largo de los siglos.
Los habitantes de Sarajevo, los indios americanos a los que inesperadamente convoca el director bajo el histórico puente de Mostar, los palestinos que reclaman su tierra a los excluidos de antaño, aparecen entonces como otras tantas metáforas del gran tema de fondo que recorre la película entera desde el primero hasta el último de sus fotogramas: la exclusión. "Antes de la "Nouvelle Vague" estábamos excluidos", dice Godard. "Luego conseguimos introducirnos un poco y después, en relación con la profesión, y frente al dominio del llamado cine americano, han vuelto a excluirnos". De ahí que el cineasta no dude en considerarse a sí mismo "un judío o un palestino del cine", alguien que tiene necesidad de "estar con los otros, con el mundo, y al mismo tiempo fuera, de querer ser a la vez parecido y diferente". Y es precisamente de esta necesidad, de la búsqueda incesante de la imagen del "otro", de dónde nace la sinceridad descarnada y un tanto tosca, el impudor y frontalidad, carentes de toda pretensión esteticista, que definen las formas con la que se expresan las imágenes de "Nuestra música".
Es cierto, por tanto, que no estamos ante el más refinado de los trabajos de Godard, al menos en términos estilísticos. La virtualidad y el sentido de la película se juegan en la urgencia con la que el cineasta parece enfrentarse a los interrogantes que le acucian y a la perplejidades que el rodean. No sólo hay respuestas, sino que todo parece encadenarse sobre la marcha y amontonarse con la misma precipitación con que la vorágine trituradora de la Historia ha pasado recientemente, una vez más, sobre la ciudad de Sarajevo, ese lugar "que tenía necesidad de una cámara y no de un proyector", para decirlo con palabra del propio cineasta.
Claro está que el paseo por el purgatorio conduce finalmente al "Paraíso", ese epílogo que cierra al film, espacio de la naturaleza incontaminada por el que deambulan los émulos contemporáneos de Adán y Eva bajo la vigilancia policial de los marines de los Estados Unidos y sin salirse nunca de las alambradas custodiadas por ellos. Final irónico y descreído, colofón escéptico de esta nueva interrogación sobre el sentido de la Historia, cuyo presente no se puede entender -parece decirnos Godard- sin recuperar la memoria de los orígenes y sin aprender algo sobre la naturaleza de los "otros". Se entenderá, entonces, que cuando nos enfrentamos a todos los enigmas y desequilibrios interiores de Nuestra música estamos frente a una obra pensada y concebida, plenamente, desde la conciencia de la exclusión, realizada con esa libertad completa y desafiante que se puede permitir un ilustrado paria del cine que ha terminado por asumir su propia condición, pero no para conformarse con ella, sino para seguir llamando nuestra atención sobre el mundo y sobre el cine que nos rodea.
Por eso se entiende también, volviendo de nuevo a las sabias palabras de Ángel Quintana, que "en pleno siglo XXI, continúe siendo imposible pensar el cine sin tener en cuenta a Godard, ya que es de los pocos cineastas que ha llevado a cabo una amplia reflexión sobre la función de las imágenes frente a los destinos de la Historia y frente a la percepción política del mundo". Nada que añadir.
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