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Un alegato de urgencia
José Enrique Monterde. Dirigido, octubre 2004
No es John Sayles un cineasta corriente en el marco del cine norteamericano actual. Situado en un lugar fronterizo entre Hollywood y el cine independiente, su trayectoria se ve caracterizada por esa actitud industrial fluctuante y por la libertad de espíritu con que ha ido trazando su ya considerable filmografía. Dentro de ésta, una de las vetas más significativas radica en su construcción de un punto de vista netamente político, algo insólito en Hollywood. En ocasiones esa mirada política remite al pasado histórico -caso de Matewan, sobre una huelga minera-; en otras extiende su mirada hacia latitudes foráneas -Hombres armados-; y también aborda aspectos más contemporáneos de la sociedad americana, como los "espaldas mojadas" en Lone Star, uno de sus mejores films, sin que todo eso impida otras visiones más oblicuas, pero no menos llamativas, sobre los EEUU actuales, como ocurría en Casa de los babys, su último film estrenado en España. Podemos decir así que Sayles se configura como una de las escasas voces "radicales" -en el sentido político del término- en el entorno del Hollywood actual.
Incluso en sus propuestas más independientes y politizadas, Sayles no renuncia a la apoyatura de los géneros establecidos, ni del estrellato, aunque cabría matizar que sus estrellas surgen del ala más radical del Hollywood contemporáneo. Estas dos premisas son convenientes para entender la propuesta de SILVER CITY, donde claramente se mezclan los ecos de géneros como el cine negro, la comedia coral -en un tono de sátira política- e incluso del "western", dadas las repetidas alusiones a las viejas ciudades "muertas", otrora escenario de los más resonantes momentos del género. Por otro lado, junto con la obvia (a veces tanto como para rozar la demagogia) denuncia de la política conservadora, la amplia presencia -muchas veces en pequeños papeles- de numerosos intérpretes del Hollywood izquierdista actual (como Maria Bello, Thora Birch, Richard Dreyfuss, James Gammon, Daryl Hannah, Danny Huston, Kris Kristofersson, Michael Murphy o Tim Roth), configuran SILVER CITY como un neto manifiesto anti-Bush a pocos meses de las elecciones, en paralelo -aquí en el campo de la ficción- a títulos como Fahrenheit 9/11.
Sin embargo, descontadas las buenas intenciones políticas de SILVER CITY, si bien en su inclemente denuncia de la estupidez congénita de Dickie Pilager, candidato a gobernador del estado de Colorado (un espléndido y convincente Chris Cooper) y reflejo vivo de las inmensas limitaciones intelectuales y morales del propio Bush, Sayles logra un acertado -y acerado- retrato, la trama en la que envuelve su alegato no alcanza la claridad y eficacia necesarias para alcanzar unas cotas cinematográficas equivalentes a las intenciones políticas. La aparición de un cadáver flotando en el lago donde Pilager está rodando un "spot" electoral de tono ecologista impulsa una investigación que promueve su jefe de campaña (un dominador Richard Dreyfuss) y desarrolla un antiguo periodista fracasado (magnífica interpretación también de Danny Huston, hijo del famoso John); a través de ella no sólo conoceremos una dispar galería de enemigos de la familia Pilager -que controla buena parte de la economía del estado-, sino los turbios manejos que vinculan la especulación inmobiliaria -la resurrección de SILVER CITY- y la agresión ecológica resultante de los vertidos contaminantes en las aguas del lago, sin olvidar el peso de la inmigración ilegal en esa actividad económica.
Tal vez sean demasiados los hilos que Sayles pretende manejar en su trama argumental, no tanto por la confusión tantas veces inherente al cine negro, sino porque convierte el film en una excesiva concentración de referencias a las indudables miserias que acompañan al pensamiento -y la acción- conservadores en los EEUU actuales. La voluntad de abarcar el conjunto de registros bajo los que se mueve la corrupción política americana se combina con la naturaleza coral del film; pero al mismo tiempo implica una cantidad de disgresiones que perjudican la solidez narrativa del film. Incluso se apercibiría una excesiva intencionalidad didáctica, constituyéndose un mosaico -a ratos rompecabezas- que muchas veces parece remitirnos a tantos otros films que disminuyen la personalidad intrínseca de SILVER CITY. En ese recorrido también salen perjudicados diversos personajes y situaciones, tan sólo apuntadas o que resbalan hacia el territorio del tópico. Por ejemplo, la figura del investigador Danny O'Brien: su imagen de tradicional "perdedor", por supuesto a favor de una buena causa, y su archiconocida relación con Nora (María Bello), su exmujer, conducente a la reconciliación final como flaco consuelo personal ante su nuevo fracaso social, no ya bordea sino que penetra plenamente en el territorio del tópico. Y algo semejante podríamos decir de tantos otros personajes que aparecen como figuras obligadas de un paisaje ya conocido, aunque también podamos encontrar alguna excepción, como Maddy, la sorprendente y algo ninfómana hermana del candidato espléndidamente encarnada por Daryl Hannah. No sé si tales tópicos o la grosería del trazo en la caracterización de los "malos" de la película perjudican la eficacia de SILVER CITY como alegato político de urgencia; pero en todo caso, sí creo que la afectan en su dimensión cinematográfica. Estamos muy lejos de los valores de novelas tan influyentes en el cine como "Cosecha roja" o de films tan preclaros como El político (All the King's Men), de Robert Rossen, dos auténticos paradigmas sobre la corrupción política bajo el formato del cine "negro". Leer más.
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*Política de confidencialidad.13/07/2010.- La U.C.O. dará comienzo a este Máster a partir de octubre Leer más