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Comentario crítico
Durante muchos años, el cine argentino parecía tener un pasado pero no un presente. Pese a su sabiduría dialéctica, a su brillantez dramática y a su elegancia formal, daba la sensación de estar atrapado en un laberinto, como le sucedió a tantas cinematografías de Europa del Este desde los años cincuenta hasta la caída del Muro de Berlín y como le ha sucedido al cine español hasta hace muy poco. Films como La ciénaga (2001, Lucrecia Martel), La libertad (2001, Lisandro Alonso), Ana y los otros (2003, Celina Murga) y Los rubios (2003, Albertina Carri) cambiaron la situación, proporcionando, además de nuevos temas y sensibilidades, nuevas maneras de abordar las historias de siempre. Si éstos últimos han roto de forma radical con el estilo de Adolfo Aristaráin, Juan José Campanella, Luis Puenzo, Alejandro Agreste, Eduardo Mignogna o Marcelo Piñeyro, existe una tercera vía donde se podría meter a Pablo Trapero, Gastón Birabán y María Victoria Menis, cuyas señas de identidad contienen clasicismo y modernidad a partes iguales. El cielito, por ejemplo, es un film en el que se mezclan metodologías y texturas, experimentación y ortodoxia. Por un lado, quiere ofrecer una visión casi antropológica y objetiva de sus personajes, observándolos con detenimiento mientras trabajan, comen o descansan; y por otro, no puede evitar enfatizar ciertos elementos sentimentales y bastante subjetivos, relacionados sobre todo con la relación entre Félix (Leonardo Ramírez) y Chango (Rodrigo Silva). La historia, por si fuera poco, tiene dos partes claramente diferenciadas, en el campo y en la ciuda. También podría decirse que hay tratamientos distintos para visualizar el presente y el pasado (del cual se tiene conocimiento a través de vagas referencias y extraños flash backs).
A lo largo de El cielito, María Victoria Menis sabe sacar un enorme partido a los silencios, las elipsis, la fragmentación y la reiteración. Cuando Félix comienza a trabajar en la granja donde vive Roberto (Darío Levy), Mercedes (Mónica Lairana) y su hijo Chango, la cámara hace su propio descubrimiento del cine, fijando su atención en actos banales, que comienzan a cobrar sentido a medida que su repetición introduce pequeñas variantes. Roberto malvive dedicado a su granja, después de haber perdido su trabajo unos años atrás; y Mercedes se mantiene allí por miedo e inercia, posponiendo una y otra vez su deseo de morir. Entre ellos, se mueven Félix y Chango, el primero como testigo de la situación de ahogo que hay en la granja y el segundo casi como un huérfano prematuro, desatendido por sus padres. Los personajes son, en general, víctimas de un presente sin perspectivas y de un pasado traumático. Y quizás ninguno de ellos tenga futuro. Quizás. Todo lo que hacen para calmar sus penas es beber vino y cerveza, gruñir, callar, observarse de reojo, gritar de vez en cuando sin razón, vomitar, ver la televisión o tumbarse en la cama. Con el tiempo, ya ni siquiera trabajan, dejando que a su alrededor el ambiente de decaimiento y suciedad resulte cada vez más insostenible (…)
Si, en general, El cielito muestra un buen conocimiento del cine clásico, desplegando una enorme sabiduría narrativa, no deja por ello de introducir cortes para evitar efectos demasiado estridentes, hace uso de un ritmo a menudo sincopado pero muy efectivo, procura extraer fuerza de los paisajes (sin necesidad de intervenir en ellos) y pone de manifiesto una manera bastante moderna de entender la función de una banda sonora. Para empezar, no hay música ni acompañando los títulos de crédito ni a lo largo de buena parte del film. Aquí no existe la necesidad de matizar los cambios tonales de la historia con diferentes líneas melódicas. Por así decirlo, la música ni explica ni acompaña a las imágenes; son las imágenes las que van creando el clima para que de pronto suene la canción de Jaime Dávalos “El jangadero”, interpretada por Liliana Herrero. En las dos ocasiones en que se oye, la canción tiene connotaciones diferentes, aunque en ambos casos se disocie de la historia que narra el film y se centre más en el contexto emocional (y, sin duda social) que envuelve a los personajes. Pero, además, la música suena durante los flash backs en los que vemos a la abuela de Félix produce una potente sensación de extrañamiento en las imágenes, que parecen conectarnos con algo similar al origen de los personajes y la historia, que cobran forma con el barro y el agua que agitan unas manos y con el rostro de una mujer mayor que nos observa desde un pasado ya irrecuperable, posiblemente el mismo pasado de un tipo de cine que ha quedado atrás para siempre, después de haber dejado las huellas necesarias en un film como El cielito, que abre nuevas perspectivas en el cine argentino.
Hilario J. Rodríguez, Dirigido por nº 356, mayo de 2006 Leer más.
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