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Comentario crítico
Recientemente he hablado en exceso del cine asiático actual y, más concretamente, del surcoreano, pues aunque otras cinematografías como la tailandesa, la japonesa o la taiwanesa se hallen en un momento especialmente dulce, es en el país donde nacieron Kim Ki-duk, Im Kown-taek, Park Chan-wook, Bong Joon-ho, Park Chan-ok y Hong Sang-soo, donde mejor se conjuga una reforma agresiva de los códigos genéricos, a la vez que se abren más puertas a nuevos caminos narrativos sin renunciar nunca a la espectacularidad o a la belleza comulgativa con el espectador. Está claro que si buscamos radicalidad -término abstracto e insuficiente a la hora de definir cualquier cosa- podremos encontrar vías extremas tanto de la mano de Apichatpong Weerasethakul como de Lee Kang-sheng, todas ellas, sin duda, de gran interés, pero en Corea del sur, es quizás donde se combina mejor cierta agresividad plástica con unas historias de carácter más accesible. En fin, no voy a extenderme en lo ya dicho, así que voy a centrarme en lo que toca, la magnífica película de Lee Chang Dong Oasis, un film de culto con tan sólo tres años de vida (aunque en nuestro país siga siendo un film invisible, únicamente proyectado en el BAFF 2003).
El melodrama me apasiona. Siempre me ha parecido una versión más creíble del cine de terror. (...) Películas donde el imaginario colectivo se focaliza en la tragedia de lo minúsculo, de lo aparentemente banal, vaya, el melodrama habla sobre las miserias de la vida y eso sólo puede desembocar en desgracia, en pánico, en tragedia. La exageración melodramática, el llevar los mecanismos dramáticos a su límite y conseguir salir airoso, para que se me entienda: que no se convierta en un símil de culebrón venezolano, donde la manipulación no se realice para forzar al espectador a caer un mar de lágrimas, sino que se esfuerza en recalcar la dureza de lo mostrado, es donde este intergénero se muestra últimamente fecundo en grandes obras.
(...) El film narra la historia de amor entre Hong Jong-Du (Sol Kyung-gu), un joven algo retrasado, un inadaptado social, que hasta su propia familia repudia, cuya inocencia a ojos de los demás es agresividad, perversión y enajenación, y Gong-Ju (Moon So-ri), una joven con parálisis cerebral, incapaz de controlar sus propios músculos, con una dificultad extrema para moverse e incluso para comunicarse, que queda abandonada en un piso mugriento bajo cuidados de una mezquina vecina por parte de su hermano (¡que incluso vive en un piso de lujo gracias al dinero que los servicios sociales le dan a Gong-Ju!). Evidentemente la relación amorosa que viven estos dos sujetos marginales es algo inaceptable para el resto de la sociedad. Pero la situación es aún peor: Gong-Ju es la hija de un hombre que, en apariencia, fue asesinado por Jong-du mientras conducía ebrio, y por lo que ha pasado dos años y medio en prisión.
El film arranca así: vemos a Jong-du paseándose por Seúl después de haber salido de prisión. Atolondrado, sorbiéndose los mocos cada dos por tres, come tofu crudo en cantidades desorbitadas, se divierte escupiendo desde las azoteas y, falto de dinero, y con su familia mudada a vete a saber donde, empieza a meterse en líos. No se tarda en descubrir que la familia no guarda ningún tipo de afecto por él, incluso la cuñada le espeta sin ningún tipo de rubor "que sin él estaban mucho mejor", opinión que comparten tanto sus hermanos como su propia madre. Jong-du sin embargo no se altera con el desprecio familiar, de hecho, ni siquiera parece importarle las palizas que le da el hermano con una barra de acero. Lo temible del enigma del odio, es que a ojos de cualquiera, la actitud de Jong-du no sólo es sospechosa, sino directamente punible. Jong-du no reacciona como las personas normales, no importa cuales sean sus intenciones, por lo general, buenas, inocentes, incoherentes. Sin ir más lejos, su relación con Gong-Ju empezará cuando él acaba violándola, para luego salir huyendo de la casa.
El film evoluciona merced a la dureza de las imágenes expuestas. Tras la violación vemos a Gong-Ju intentando arreglarse para su "novio", el hombre que la ha violado -entendiendo esa violación como la primera vez que alguien parece sentir algo por ella-, incluso intentando pintarse los labios entre convulsiones musculares, mientras en la habitación contigua su vecina está fornicando con su novio, burlándose de la impedida. Gong-Ju y Jong-du viven un infierno continuo y el encontrarse, el enamorarse, aislado del mundo real, es el único instante -breve, sesgado, inacabado- realmente bello de sus vidas. Ellos construyen un oasis para aislarse y vivir su amor libremente. De hecho, Gong-Ju, al igual que Selma en Bailar en la oscuridad, posee un mecanismo para evadirse de su atrofiado cuerpo y poder actuar como una persona normal, su aspiración a la felicidad pasa por jugar con su novio con una botella de plástico. Uno de los momentos más bellos del film es aquél en el que Jong-do pasa a formar parte de este oasis, se introduce en el mundo imaginario de Gong-Ju, poniendo en escena que su conexión va más allá de lo metafísico, más allá de cualquier base lógica estable (...)
Extraído de Alejandro G. Calvo, Paraíso roto, en la revista digital Miradas de Cine. Leer más.
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*Política de confidencialidad.13/07/2010.- La U.C.O. dará comienzo a este Máster a partir de octubre Leer más