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Comentario crítico
La mujer del aviador es, desde luego, un film sobre la falsedad de las apariencias, pero también es más que eso. Es, sobre todo, un film sobre unos personajes que no solo cometen el error de fiarse de las apariencias sino que ficcionan basándose en ellas, obteniendo el resultado más predecible en estos casos: cada uno imagina aquello que quiere creer. Si françois (Philippe Marlaud) peca de simple ingenuidad, la inquieta Lucie (Anne-Laure Meury) recompone los datos a su manera, y, al querer interpretar lo que ve, no hace más que inventar una realidad distinta. El típico autoengaño en el que incurren los personajes rohmerianos es contemplado, así, desde una nueva perspectiva: ya no es el narrador el que relata la historia a su modo y autojustificándose, como en los cuentos morales, sino que ahora el personaje pretende inventar la historia, ponerla en escena, en una aspiración que también compartirán claramente, por ejemplo, los protagonistas de Pauline à la plage. La preocupación moral de asimismo paso a una preocupación material: en las Comedias y proverbios se asistirá en menor medida a diálogos planteados como discusiones directas entorno a la moral y la filosofia, y las especulaciones verbales pasarán a centrarse prioritariamente en las acciones. Los distintos personajes se plantearán una y otra vez cómo actuar ante como determinada situaciones de carácter práctico, y serán esas acciones las que desvelen, implícitamente, una moral.
Hay otro aspecto general de las Comedias y proverbios que encuentra en La mujer del aviador una soberbia ejemplificación. Me refiero al importante tema de la destrucción del ideal, a la no concordancia entre la imagen proyectada por la mente y la realidad que la desmiente. François equivoca al interpretar la vista de Christian a su amiga Anne (Marie Rivière), como se equivocará al calibrar la actitud de ésta y como se equivocará, de nuevo, respecto a los sentimientos de Lucie hacia él. Así, François se siente decepcionado por Anne puesto que cree que le engaña y además no accede a sus deseos de convivencia: su “imagen” de Anne, pues, se resquebraja. Luego François se sentirá nuevamente decepcionado por Lucie, de quien tampoco esperaba su independencia. En el fondo, el principal problema de François, como el de muchos protagonistas rohmerianos, se concreta en su egoísmo, el cual se ve delatado en su incapacidad de comprender al otro, de tener en cuenta que el partenaire posee también unos deseos y unos intereses que no forzosamente tiene que coincidir con lo previsto. En este sentido, sí puede afirmarse que el cine de Eric Rohmer es crudamente realista, dada su convicción de que toda proyección idealizada, abstracta, se ve superada por la realidad material.
La mujer del aviador dispone de la impagable virtud de ser una película cruel y a un tiempo deliciosamente divertida, en una contradicción de términos que es solo aparente. Es una pelicula cruel porque la mirada de su director es honesta y, en consecuencia, no oculta el lado negativo y estúpido de sus personajes ni deja de constatar de sus fracasos; y es una pelicula deliciosamente divertida porque, lejos de dramatizar en exceso, la mirada de Rohmer es también lo suficientemente lúcida como para admitir esos fracasos y sustituir la hipotética burla por la comprensión, que no exactamente la adhesión, explotando así las situaciones desde todos los ángulos, incluido, como no, el cómico. El largo dialogo entre François y Lucie en el parque forma parte de una secuencia en verdad antológica, promotora de una franca hilaridad y a la vez aglutinante de las cuestiones claves desplegadas por el film. Lúcida y lúdica, La mujer del aviador hace de la sobriedad floritura y de la floritura sobriedad, desprendiendo la extraña, preciada sensación de tratarse de un mecanismo viviente.
Enrique Alberich “Eric Rohmer. Una mirada sobre el mundo”, Dirigido por..., núm.167, mar. 1989.
Después de dos producciones de tanto coste y envergadura como La marquesa de O y Perceval le Gallois, Eric Rohmer parece sentir la necesidad de volver a un territorio más familiar y controlable, para recuperar así la libertad operativa que le es consustancial. El comienzo de la nueva serie supone, en este sentido, un importante paso hacia delante en el camino de la simplificación, recuperando con inesperado vigor el espíritu de la vieja “nouvelle vague”, por entonces ya casi olvidado en el resto del cine francés.
(...) a sus sesenta años, Rohmer sale a la calle con un equipo mínimo y, al igual que hiciera en el comienzo de los “cuentos morales” (La Boulangère de Monceau, casi vente años atrás), inaugura su nuevo programa de actuación con una película que se complace en pasearse por la geografía parisiense, sirviéndose del escenario callejero como un elemento fundamental del relato. Una historia que trascurre íntegramente en el plazo de un solo día (desde las seis de la mañana hasta las ocho menos cuarto de la noche) y que inicialmente –incluso al principio del rodaje- llevaba por título “un jour exceptionnel”.
Una alternativa tan radical en el campo de la producción no era un capricho ni obedecía tan sólo a razones de economía. Lo que Rohmer iba buscando era, por una parte, acercarse lo más posible a la textura visual del entorno ciudadano (y de ahí su preferencia por el “grano” de la ampliación posterior a 35 mm) y, por otra, la máxima libertad para filmar en la ciudad y casi de incógnito, sin recurrir a la figuración. Opciones que respondían, también, a criterios de índole estética: “la originalidad de La Femme de l’aviateur, si es que existe”, dirá Rohmer, “no está en la manera subrepticia de filmar las imágenes, sino en hacer de la calle, con todos sus imprevistos, el teatro de una comedia y en evolucionar tan libremente como si fuera en un estudio”.
Carlos F. heredero y Antonio Santamarina, Eric Rohmer, ed Cátedra, Madrid, 1991. Leer más.
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*Política de confidencialidad.13/07/2010.- La U.C.O. dará comienzo a este Máster a partir de octubre Leer más