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Informacióndelapelícula

Bamako

Imagen de la película
Ficha técnica
  • Director Abderrahmane Sissako
  • Título original Bamako
  • Guión Abderrahmane Sissako
  • Productor Joslyn Barnes y Abderrahmane Sissako
  • Fotografía Jacques Besse
  • Montaje Nadia Ben Rachid
  • Intérpretes Aïsa Maïga, Tiécoura Traoré, Maimouna Hélène Diarra, Balla Habib Dembélé, Djénéba Koné, Hamadoun Kassogué, William Bourdon, Mamadou Kanouté, Gabriel Magma Konate, Aminata Traoré, Assa Badiallo Souko, Zegué Bamba, Samba Diakité, Georges Keita, Madou Keita, Roland Rappaport, Aissata Tall Sall, Mamadou Savadogo.
Direc.: Abderrahmane Sissako
Nac: Mali-Francia-EEUU. Año: 2006
Durac: 115 min / v.o.s.e.
Melé es una cantante que trabaja en un bar. Su marido, Chaka, no tiene trabajo y la pareja está al borde de la ruptura. En el patio de la casa, asisten junto a otras familias a un tribunal que acaba de organizarse. Representantes civiles de la sociedad africana han levantado un procedimiento contra la responsabilidad del Banco Mundial y el FMI con respecto a la pobreza y la situación de África. En el patio, la vida continúa entre los testimonios y las réplicas del tribunal. Mientras, Chaka no se siente ya involucrado en este deseo de África de luchar por sus derechos.

Crítica

Comentario crítico
Santiago Gallego
Hay mucho de choque cultural, político, social, jurídico, histórico incluso en Bamako, la última película de Abderrahmane Sissako, donde el pueblo africano se bate en duelo contra las grandes instituciones (el FMI, el Banco Mundial, el G8) que ostentan el poder económico mundial y marcan las pautas que acabarán determinando la política, no sólo económica, global. Se trata de un duelo con unas reglas muy precisas y un marco muy concreto, las reglas son las de la retórica, y el marco un patio de vecinos que sirve de improvisado tribunal donde los abogados de la defensa y la acusación interrogan a sus testigos, repasan datos, y lanzan sus impresionantes alegatos, siempre con ese calculado punto de puesta en escena que tienen la mayoría de los buenos abogados, no se sabe, si también ellos, por muy franceses que sean, inconscientemente colonizados por tantos años y años de ver películas norteamericanas de tribunales.
Ese patio de vecinos, también (como apunta Jaime Pena en su crítica en "Cahiers-España") corralón de comedias, recoge la herencia de unos tiempos en los que en África aún prevalecía un concepto de la justicia tribal y participativo, regido por el sentido común, pero especialmente por unas reglas comunales que perseguían la perpetuación de la tradición y la pervivencia de la cohesión dentro del grupo humano. Pero la justicia que vemos en Bamako tiene más de espectáculo (ahí está su retransmisión como si fuera un partido de fútbol), de pirotecnia oratoria, de recordatorio frío de cifras, de pactado combate donde, poco importa, nunca asistiremos a su sentencia final, tampoco importa demasiado que todos los datos que se dan sean ciertos (y sobradamente conocidos) y que los procuradores, o los testigos, sean realmente abogados los primeros, y radicales africanos conocidos por su lucha contra la globalización y que reivindican el impago de la deuda externa los segundos; por su parte, el juez es una figura muda que apenas arbitra, y el público asiste impertérrito a esa pantomima para occidentales comprometidos, donde (gran hallazgo de Sissako) la verdadera África se pasea alrededor de los juristas sin ser vista, ni escuchada. Particularmente memorable es ese instante en que un anciano se levanta y con su espantamoscas en mano lanza al tribunal un desgarrado canto tribal a medio camino entre la invectiva y la maldición chamánica, como si quisiera invertir el proceso histórico y devolver África a su época precolonial, liberándola de las estructuras impuestas por Occidente para su esclavitud y dependencia. En este sentido operan también las dos secuencias que rompen la unidad temporal y tonal de la cinta. En la primera, Sissako decide filmar un "flashback" que visualiza las declaraciones de un testigo que narra su odisea a través del desierto para intentar salir del continente africano, lejos de convertirse en un catálogo de penurias sin fin, el director de Heremakono se mantiene entre el minimalismo visual y la economía dramática, tanto es así, que lo que al final acaba reteniendo el espectador de este salto temporal son unos escarabajos sobre la arena, unos escarabajos que se arremolinan alrededor de un inmigrante agonizante, abandonado por sus compañeros sobre una duna cuando ya no podía seguir caminando. El segundo es mucho más travieso, pero no menos impactante, se trata de la inserción del comienzo en las pantallas televisivas de un insólito western africano donde una serie de forajidos, interpretados por Elia Suleiman, Zeka Laplaine, Jean-Henri Roger, Ferdinand Batsimba y Dramane Bassaro, se dedican a acribillar, por puro placer, a los habitantes (generalmente mujeres y niños) de una aldea africana, mientras Danny Glover (productor ejecutivo de Bamako) oficia de francotirador, intentando abatir a los asesinos. El ácido apunte crítico se agranda aún más cuando vemos lo satisfechos que se muestran los espectadores locales (muchos de ellos menores) ante el espectáculo, inconscientes y desarmados ante los mecanismos neocolonizadores utilizados por los medios de comunicación de masas.
Aunque es el juicio el que ocupa la mayor parte del metraje y el que sirve de ancla para establecer el núcleo temático y narrativo de Bamako,es en las ramificaciones, en los márgenes, donde Sissako sabe que está la verdadera África con su rostro humano y su dignidad doliente y humillada. África está en la cantante Melé que cada día se topa a las puertas de su casa, con ese juicio que ni entiende, ni le importa, mientras espera que alguien le ayude a abrocharse los tirantes de su vestido; África está en su marido en paro que estudia israelí para que cuando se abra una embajada de este país en Malí, él sea el primer portero; África está en el enfermo que al lado del tribunal agoniza en una de las chozas por una enfermedad erradicada hace siglos en Occidente; África está en los muchachos que con camisetas de Kaká o Batistuta atisban por entre las portones del corralón como si allí estuvieran proyectando el último blockbuster de Tom Cruise; y cómo no, África está también en ese improvisado mercadillo que se levanta en unos minutos durante una pausa del juicio, y donde los magistrados compran artículos de dudosa procedencia, mientras hablan por sus teléfonos móviles.
Bamako, que se cierra con un entierro en vez de una sentencia (aunque ese entierro en sí mismo es ya una sentencia, y de muerte, nada menos), certifica las expectativas depositadas en Abderrahmane Sissako, probablemente la mayor esperanza joven dentro del cine africano, un cineasta no tan autóctono como el gran Souleymane Cissé, tal vez se le notan demasiado sus estudios cinematográficos en Europa (concretamente en Moscú y en el Vgik, donde también estudió Cissé), pero lo suficientemente preocupado por su país y su continente como para no haber renunciado a su africanidad, precisamente cuando más necesitado está éste de cronistas, testigos y resistentes dispuestos a levantar acta de un saqueo que lejos de cesar, no deja de acrecentarse.
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